y cómo puede marca la diferencia en tu bienestar
Hay una frase que leí hace poco y me encantó. Es de Capucine Trochet en esta entrevista y dice así:
“No creo que la vida consista en superarte sino en escucharte”
No sólo es una frase bonita, también pone palabras a algo que veo cada día en consulta: personas agotadas de intentar ser mejores, más fuertes, más capaces… y cada vez menos conectadas consigo mismas.
Nos han enseñado que, ante cualquier dificultad, la respuesta es superarse. Aguantar un poco más. Esforzarse otro poco. No venirse abajo. Y claro, llega un momento en el que el cuerpo, las emociones o la vida misma dicen: hasta aquí.
Y entonces aparece la pregunta:
¿y si no se tratara de superarse?
Muchas personas llegan a terapia con una sensación parecida:
“Sé lo que me pasa, pero no consigo cambiarlo.”
“Entiendo todo, pero sigo igual.”
“Debería estar mejor.”
Ese debería pesa mucho.
Superarse, tal como solemos entenderlo, implica muchas veces ir en contra de lo que está pasando dentro. Tapar el cansancio. Minimizar la tristeza. Normalizar la ansiedad. Tirar hacia delante sin preguntarnos si ese camino tiene sentido para nosotros ahora.
Y ojo, no estoy diciendo que el crecimiento personal sea algo negativo. El problema aparece cuando el crecimiento se convierte en una obligación, en lugar de una consecuencia natural de escucharnos.
Aquí suele surgir una confusión importante:
escucharse no significa resignarse, ni quedarse atrapada en el malestar, ni “no hacer nada”.
Escucharse es algo mucho más sencillo —y a la vez más difícil—:
prestar atención a lo que está pasando dentro sin intentar cambiarlo de inmediato.
Es preguntarte, con honestidad:
No para solucionarlo rápido.
No para analizarlo sin fin.
Solo para darte cuenta.
Este gesto tan simple es la base de muchas prácticas de atención plena y también de enfoques terapéuticos actuales que no buscan eliminar emociones o pensamientos, sino cambiar la relación que tenemos con ellos.
Hay algo que se nos olvida con frecuencia:
el cuerpo suele enterarse antes que la cabeza.
Antes de que podamos poner palabras, el cuerpo ya está mostrando señales: tensión, insomnio, cansancio, inquietud, falta de energía, dolores difusos. Muchas veces intentamos corregir eso con fuerza de voluntad, cuando en realidad es una llamada a parar y escuchar.
Escucharse puede empezar por algo tan cotidiano como notar cómo respiras, cómo te sientas, cómo reaccionas ante ciertas situaciones. No para juzgarte, sino para comprenderte un poco mejor.
Escucharse no es solo atender a lo agradable. También implica acercarnos —con cuidado— a lo que incomoda: tristeza, miedo, enfado, culpa, confusión.
Aquí me gusta mucho una idea que aparece en prácticas como RAIN:
en lugar de empujar fuera lo que duele, nos acercamos con curiosidad y amabilidad.
No para quedarnos ahí atrapadas, sino para dejar de luchar contra algo que ya está pasando.
Muchas veces, cuando dejamos de pelear con una emoción, esta empieza a transformarse sola.
Escuchar no es el final del camino.
Es el principio.
Cuando te escuchas de verdad, las decisiones suelen cambiar de tono. Ya no nacen del “tengo que”, sino del “esto es importante para mí”. Y desde ahí, las acciones suelen ser más ajustadas, más sostenibles, más propias.
No siempre son decisiones fáciles. Pero suelen ser más honestas.
En terapia no buscamos que te superes, ni que encajes en ningún molde. Tampoco trabajamos desde la idea de que hay algo mal en ti que haya que arreglar.
El trabajo suele ir más bien por aquí:
No se trata de ir rápido. Se trata de ir con más claridad.
Si al leer esto sientes que llevas tiempo empujándote demasiado, quizá lo que necesites no sea otro esfuerzo más, sino un espacio para escucharte con calma.
Si te apetece, puedes reservar una primera sesión gratuita de terapia individual y vemos juntas por dónde empezar.