(para que no se conviertan en uno)
Sobre lo que hiciste.
Sobre lo que no hiciste.
Sobre lo que podrías haber dicho mejor.
Y muchas veces esa opinión no es precisamente amable.
Lo curioso es que solemos tratar esos pensamientos como si fueran hechos.
Como si lo que aparece en la mente tuviera el mismo peso que la realidad.
Pero pensar algo no lo convierte en verdad.
Hay una idea de la terapia de aceptación y compromiso que a mí me ayuda mucho:
la mente no está rota.
Hace exactamente lo que sabe hacer.
Está diseñada para detectar problemas, anticipar errores, comparar, analizar riesgos. No para darte paz interior. Para mantenerte a salvo.
El problema es que ese sistema, aplicado a la vida de hoy, genera un montón de pensamientos del tipo:
“No es suficiente.”
“Deberías hacerlo mejor.”
“Algo va a salir mal.”
Y entonces pensamos que el problema es que pensamos demasiado.
Pero no.
El problema es cuando nos creemos todo lo que pensamos.
Aquí aparece algo que veo mucho en consulta: el perfeccionismo.
No como etiqueta clínica, sino como forma de funcionar.
Hacerlo todo bien.
Revisar tres veces.
Pensar lo que vas a decir antes de decirlo.
No fallar. No molestar. No equivocarte.
Y aun así, no sentir tranquilidad.
Porque el perfeccionismo promete calma, pero rara vez la entrega.
Promete seguridad, pero lo que da muchas veces es tensión.
Detrás suele haber autoexigencia. Y detrás de la autoexigencia, muchas veces, miedo. A no ser suficiente. A decepcionar. A perder valor.
La mente insiste:
“Si lo haces perfecto, estarás a salvo.”
Pero la tranquilidad no llega.
En La trampa de la felicidad, Russ Harris explica algo muy sencillo: intentar eliminar pensamientos incómodos suele hacer que se queden más tiempo.
Cuanto más intentas no pensar en algo, más presente está.
La rumiación funciona igual. Parece que estás resolviendo, pero en realidad estás girando en el mismo sitio.
Pensar mucho no siempre aclara.
A veces solo cansa.
Hay un cambio pequeño que lo cambia todo.
En lugar de:
“Soy un desastre.”
Poder decir:
“Estoy teniendo el pensamiento de que soy un desastre.”
Eso introduce distancia.
Introduce espacio.
Y cuando hay espacio, la mente deja de ocuparlo todo.
Tu cabeza puede decir lo que quiera.
Pero no tiene que decidir por ti.
Cuando un pensamiento se repite mucho, el cuerpo lo nota.
Se acelera la respiración.
Se tensa el pecho.
El estómago se encoge.
Y entonces se crea un círculo: el pensamiento activa emoción, la emoción confirma el pensamiento.
Romper ese círculo no siempre implica discutir con la mente.
A veces es volver al cuerpo. Respirar. Notar. Esperar unos segundos antes de reaccionar.
No para que el pensamiento desaparezca.
Para recuperar un poco de aire.
Amor propio no es gustarte todo el tiempo.
Ni tener pensamientos positivos constantes.
Quizá tenga más que ver con esto:
no tratarte como si cada pensamiento crítico fuera una sentencia.
Poder decir:
“Vale, mi mente está haciendo lo que sabe hacer.”
Y aun así, elegir cómo quieres responder.
Eso es regulación emocional.
Eso es inteligencia emocional.
Eso se entrena.
En terapia no intentamos silenciar la mente. Eso sería imposible.
Trabajamos en reconocer los patrones, en entender cuándo aparecen, en notar cómo influyen en tus decisiones.
Y poco a poco, en cambiar la relación con ellos.
Cuando la autocrítica baja un poco el volumen:
Ya no reaccionas en automático.
Ya no corres detrás de cada pensamiento.
Puedes parar un segundo y decidir.
Y muchas veces, eso es suficiente para empezar a hacer las cosas de otra manera.
Si al leer esto te has reconocido en esa voz exigente que nunca está del todo satisfecha, quizá no se trate de pensar mejor, sino de relacionarte de otra manera con lo que piensas.
Si te apetece, puedes reservar una primera sesión gratuita de valoración y lo vemos juntas.
Inspirado por:
La trampa de la felicidad, de Russ Harris