Y qué te propongo en su lugar
Durante mucho tiempo se ha entendido la psicología como una cuestión de poner nombre a lo que pasa.
Clasificar. Etiquetar. Ordenar la experiencia humana en categorías claras.
En algunos casos eso es necesario. Hay situaciones en las que un diagnóstico ayuda y orienta. Por ejemplo, cuando hablamos de dificultades con una base más neurobiológica o de inicio temprano, que suelen requerir un acompañamiento interdisciplinar y sostenido en el tiempo. No se trata de negar eso.
Se trata de que cada cosa tenga el uso que le corresponde.
Un diagnóstico es un poco como una fotografía: describe un conjunto de síntomas en un momento determinado, pero no nos dice cómo una persona concreta ha llegado hasta ahí ni qué necesitaría para moverse hacia el lugar que desea.
Lo que escucho cada vez más en consulta es un malestar muy ligado al día a día, a la forma de vivir, de relacionarnos, de sostenerlo todo. En esos casos, empezar por el diagnóstico no siempre ayuda. A veces, incluso, dificulta.
Por eso, cada vez más, hay profesionales que empezamos desde otro lugar.
Existe una idea bastante extendida: que cuanto antes sepamos qué es, mejor.
Como si comprender lo que nos pasa fuera algo que se pudiera cerrar rápido, con una etiqueta clara.
El problema es que las personas no funcionamos así.
Comprender de verdad es una experiencia lleva tiempo. La mirada se va afinando. Se va ajustando. Se va ampliando. Y cuanto más conocemos una historia, un contexto, unas relaciones, más evidente se vuelve algo:
la etiqueta se queda corta.
Curiosamente, cuando sabemos poco, diagnosticar parece fácil.
Cuando sabemos más, ya no tanto.
Y eso no es un fallo. Es una señal de que estamos mirando mejor.
El diagnóstico nace con la intención de ayudar a comprender.
Pero cuando se convierte en el punto de partida, puede estrechar la mirada.
Sin darnos cuenta, empezamos a fijarnos más en lo que encaja con esa etiqueta y menos en todo lo demás. La atención se va al problema, a lo que no funciona, a lo que falla.
Y aquí pasa algo importante: dejamos fuera muchas cosas que sí están ahí.
Momentos en los que el malestar afloja.
Pequeñas excepciones.
Recursos que siguen funcionando, aunque ahora cueste verlos.
Desde una mirada centrada en soluciones, esto es clave:
cuando solo miramos el problema, perdemos información valiosa.
Un diagnóstico describe síntomas, pero no cuenta la historia.
No habla de lo que has vivido.
De lo que has tenido que sostener.
De los cambios, los duelos, las decisiones difíciles.
De las estrategias —a veces imperfectas, pero necesarias— que te ayudaron a seguir adelante.
Cuando escuchamos la historia con calma, muchas experiencias dejan de parecer un “fallo interno” y empiezan a entenderse como respuestas comprensibles a situaciones complejas.
Y eso cambia mucho la forma de acompañar.
Esto es importante decirlo claro.
No partir del diagnóstico no significa minimizar lo que duele, ni decir “no es para tanto”, ni mirar para otro lado. Al contrario.
Significa tomarse en serio la experiencia sin reducirla a una etiqueta fija.
Desde un enfoque centrado en soluciones, las preguntas cambian un poco.
Además de qué va mal, empezamos a preguntarnos:
¿qué te ha ayudado a llegar hasta aquí?
¿cuándo el problema pesa un poco menos?
¿qué ya está funcionando, aunque ahora no lo veas?
¿qué pequeño cambio haría que las cosas fueran un poco más llevaderas?
No para forzar soluciones rápidas.
No para “arreglarte”.
Sino para ir completando el mapa, no solo de las dificultades, sino también de los recursos. Es como una expedición de arqueología, en la que encontramos pequeños tesoros y semillas, que ya están ahí, pero que empiezan a brillar y crecer cuando los descubrimos y les damos lo que necesitan para que puedan sobrevivir en la superficie.
Cuando una etiqueta ocupa demasiado espacio, a veces aparece una sensación de cierre.
Como si todo estuviera ya explicado.
Como si no hubiera mucho margen.
No porque el cambio tenga que ser obligatorio, sino porque esa forma de entenderse deja poco espacio para la curiosidad, el ajuste, los pequeños pasos.
Cuando la etiqueta afloja un poco, suele aparecer algo distinto:
más aire.
más opciones.
más capacidad de elegir cómo relacionarte con lo que te pasa.
Todo esto conecta con la idea central de este otro artículo: No se trata de superarte, sino de escucharte.
Antes de poner nombre, escuchar.
Antes de explicar, escuchar.
Antes de intentar cambiar nada, escuchar.
La terapia es un proceso humano, vivo y a veces incierto. Pierde algo esencial cuando se vuelve demasiado rígida o demasiado segura de tener la respuesta correcta.
En terapia no empiezo preguntando qué tienes, sino qué te está pasando.
No buscamos encajarte en ninguna categoría, sino entender tu momento vital y tu forma particular de estar en el mundo.
Si hay un diagnóstico previo, se tiene en cuenta. No se niega. Pero no se convierte en el centro de todo.
El trabajo va de escuchar, comprender y buscar juntas qué puede hacer la vida un poco más habitable ahora.
A veces con pasos muy pequeños.
Y muchas veces, eso es suficiente para empezar a moverse en la dirección del futuro deseado.
Si al leer esto sientes algo de alivio —como si no hiciera falta encajar en ningún molde— quizá la terapia pueda ser un espacio para eso.
Si te apetece, puedes reservar una primera sesión gratuita de valoración y vemos juntas por dónde empezar.
Inspirado por:
Irvin D. Yalom, El don de la terapia; capítulo “Evite el diagnóstico (excepto para las compañías de seguros)”.