Un par de ideas para cuidarte
Anabel González, en su libro Lo bueno de tener un mal día, consigue transmitir muy bien el laberinto en el que entramos cuando lo que hacemos con lo que nos ocurre empeora nuestra situación en vez de mejorarla.
Lo explica invitándote a imaginar que tienes un mal día:
Te equivocas en el trabajo. Discutes con alguien. Te notas más sensible de lo habitual.
Y entonces haces algo.
Te quedas hasta más tarde para compensar. Dejas de contestar mensajes. Te cierras. O atacas. O te exiges el doble mañana.
No es solo lo que sientes. Es lo que haces contigo cuando lo sientes.
Ahí suele estar el verdadero desgaste.
Muchas veces, el problema no es lo que pasa, sino cómo te tratas en momentos difíciles.
Cuando algo nos activa emocionalmente, solemos reaccionar rápido.
Cada persona a su manera. Unas se exigen más. Otras se aislan. Otras discuten sin tener en cuenta que algunas palabras no pueden desdecirse.
No lo hacemos porque decidamos que queremos actuar de esa forma después de un análisis de la situación. Lo hacemos porque aprendimos que esa era la manera de sobrevivir en el entorno conocido.
Pero a veces esas estrategias, que antes ayudaron, ahora nos complican la vida.
No siempre es una voz dura.
A veces tratarte mal es:
no descansar cuando estás agotada
no pedir ayuda cuando la necesitas
no poner límites
quedarte en una conversación que en realidad no quieres continuar
decir “sí” cuando quieres decir “no”
Eso también es no respetar tus necesidades.
No es solo lo que piensas sobre ti. Es cómo actúas contigo. Es la forma en que te acompañas —o no— cuando algo te duele.
Hay una forma muy clara de ver cómo te tratas: mirar tu agenda.
¿Hay espacio para descansar? ¿Para no hacer nada productivo? ¿Para equivocarte?
El perfeccionismo no solo vive en la cabeza. Vive en la conducta.
En no permitirte fallar. En repetir una tarea hasta el agotamiento. En no celebrar lo suficiente lo que sí haces bien.
Y lo curioso es que muchas veces todo eso se hace buscando tranquilidad.
Pero la tranquilidad no llega.
Cómo te tratas también se ve en cómo te relacionas.
Cuando algo te duele, ¿te acercas o te alejas? ¿Explicas lo que te pasa o lo tapas? ¿Pides lo que necesitas o esperas que lo adivinen?
Muchas veces el malestar no se complica por lo que sentimos, sino por lo que no decimos.
O por cómo lo decimos.
No porque no sea posible reaccionar de otra manera, sino porque en el momento se despliega el guión de emergencia, el que aprendimos para afrontar esas situaciones de alarma.
Si tiendes a exigirte, a cerrarte o a reaccionar rápido, no es porque estés rota.
Es aprendizaje.
Como explico también en el artículo los pensamientos tampoco son el problema, muchas veces el conflicto no está en la emoción ni en el pensamiento en sí, sino en lo que hacemos con ellos. Y lo que hacemos suele estar condicionado por lo que aprendimos antes.
Si aprendiste que llorar no servía, dejarás de llorar. Si aprendiste que equivocarte tenía consecuencias duras, te exigirás el triple. Si aprendiste que mostrar vulnerabilidad era peligroso, te protegerás.
Tiene sentido.
La pregunta no es por qué lo haces. La pregunta es si hoy te sigue ayudando.
Aprender cómo tratarte en momentos difíciles no siempre empieza por cambiar lo que piensas. A veces empieza con algo muy concreto:
dormir cuando estás cansada
decir “hoy no puedo” (o, incluso más difícil: «hoy no quiero»)
salir a caminar en vez de quedarte dándole vueltas
pedir ayuda sin justificarte
parar una discusión antes de que escale
Pequeños gestos que se van convirtiendo en un entrenamiento. Un modo distinto de acompañarte. Una forma más amable de estar contigo pase lo que pase.
A veces no se trata de sentir menos, sino de dejar de añadir sufrimiento extra con la forma en que reaccionas.
En terapia miramos esto: qué haces cuando algo te pasa.
No solo lo que sientes o piensas.
Qué haces cuando te equivocas. Qué haces cuando alguien te hiere. Qué haces cuando te sientes pequeña.
Y probamos otras formas.
No perfectas. No espectaculares.
Simplemente un poco más cuidadosas contigo.
A veces el cambio no es pensar distinto. Es actuar distinto.
Y cuando la conducta cambia, muchas veces la emoción y los pensamientos se recolocan.
Si al leer esto te has reconocido en esa forma automática de exigirte, callarte o apartarte cuando algo duele, quizá el trabajo no sea sentir menos, sino empezar a hacer algo distinto contigo.
Si te apetece, puedes reservar una primera sesión gratuita de valoración y vemos juntas por dónde empezar.
Inspirado por:
Lo bueno de tener un mal día, de Anabel González